Que duren para siempre

Canícula
Los cines de verano y sus circunstancias

  • Los cines de verano tienen un encanto único e irrepetible

Cine de verano

Alberto Luchini…9 Julio 2011 

Es apretar la canícula y, año tras año, indefectiblemente, aparecen por doquier los cines de verano. Y, año tras año, casi todos volvemos a picar, a pesar de que muchos juramos y perjuramos el año anterior, y el anterior, y el anterior, que jamás volveríamos a hacerlo. Da igual que estén en un megarrecinto urbano que en una sala estable de Filmoteca, en un centro cultural, en un patio de vecinos de un pueblo costero cualquiera o en la mismísima vía pública, los cines de verano tienen un encanto único e irrepetible, absolutamente inexplicable, que atrae por igual a los cinéfilos y a aquéllos que no pisan una sala durante el resto del año.

Da igual que las sillas habitualmente parezcan diseñadas por un discípulo aventajado y sádico de fray Tomás de Torquemada. No importa que la polución lumínica convierta el visionado de una película al aire libre en una noche de luna llena en una experiencia digna de Rompetechos. Resulta indiferente la contaminación acústica, que nos convierte en expertos en distinguir la sirena de una ambulancia de la de los bomberos o de la policía local. No molesta el ruido de las pipas. Y se sufre, sí o sí, mucho calor… o mucho frío.

No pasa nada por que los niños campen a sus anchas por el recinto, convertido en una pista de obstáculos. Es comprensible, y hasta justificable, que las copias tengan más kilómetros que las maletas de la Piquer y que los empalmes se resuelvan con saltos mayores que el del Ángel. Y nadie se sorprende de que a mitad del metraje la proyección se pare, no porque el proyector se ha estropeado (que también podría ser, y tampoco se sorprendería nadie) sino porque es el momento de visitar el bar o, peor aún, de que alguien con una cesta al cuello ofrezca cervezas, chocolatinas y chucherías varias…

Por supuesto, todo esto no se da simultáneamente en todos los cines de verano, porque en ese caso habría que proclamarlo la mayor cámara de torturas del mundo. Pero un par de requisitos, como mínimo, los cumplen absolutamente todos, desde el más ambicioso hasta el más humilde.

Aun así, como he dicho al principio, todos seguimos yendo año tras año. Será que los identificamos con las vacaciones. O que nos provocan regresiones freudianas a nuestras infancias. O que están rodeados de un aura de romanticismo de otros tiempos. O por cuestiones puramente sentimentales. O vaya usted a saber por qué. El caso es que están ahí… y que duren para siempre, por favor.

….oOo….

~ por albherto en julio 10, 2011.

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