A1 “Tartessos”

“Tartessos”

Iberia: el Paraíso del mundo antiguo

La llegada de los colonizadores fenicios y griegos marcó el devenir histórico de la Península Ibérica a lo largo del primer milenio antes de Cristo. Ambas culturas llegaron atraídas por las riquezas de nuestros territorios, pero su presencia en la Iberia protohistórica también estuvo marcada por su percepción de que estas eran tierras de leyenda, donde lo sobrenatural y lo fantástico formaban parte de lo cotidiano.

«Platón ha descrito la capital de la Atlántida y su comarca con arreglo a Tartessos, y al mismo tiempo ha proporcionado una imagen poética de la rica y próspera Tartessos, situada en la desembocadura del Guadalquivir». Quien así se expresaba, hace ya más de 60 años, era el célebre erudito e hispanista alemán Adolf Schulten. El especialista germano pasó buena parte de su vida obsesionado con Tartessos y su posible localización –esperando que la suerte le sonriera como a Schliemann con Troya–, e incluso llegó a excavar en el Coto de Doñana, descubriendo unas ruinas romanas que identificó, hasta su muerte, con sillares reutilizados procedentes de la escurridiza capital del reino del sudoeste peninsular.

El célebre hispanista alemán Adolf Schulten.

Hoy, décadas después de aquellos trabajos, Doñana, Tartessos y el siempre fascinante mito de la Atlántida vuelven a estar de actualidad después de que, en el verano de 2009, se anunciara el comienzo de unas prospecciones preliminares en las Marismas de Hinojos en busca de posibles restos arqueológicos. El equipo de trabajo, coordinado por Sebastián Celestino Pérez, investigador del CSIC en el Instituto de Arqueología de Mérida, y el investigador Juan José Villarías, buscaban contrastar la existencia de unas figuras detectadas en fotografías vía satélite. En el año 2004, el ingeniero Rainer Kühne, de la Universidad de Wuppertal (Alemania), publicó un insólito trabajo en la revista académica Antiquity, en el que planteaba su hipótesis de la ubicación del mítico continente de Platón en el Coto de Doñana. Con anterioridad, otros autores, como el citado Schulten o George Bonsor, habían señalado el lugar como posible localización de la capital de Tartessos, pero Kühne señalaba ahora nada menos que a la Atlántida, y “respaldaba” su hipótesis con las mencionadas imágenes vía satélite de la zona, tomadas en 1996, y en las que se apreciaban supuestas estructuras artificiales de forma rectangular y circular.

Algunos medios españoles, como el diario Huelva Información, no tardaron en anunciar que “el CSIC había comenzado la búsqueda de la Atlántida en Doñana”. La realidad, sin embargo, es mucho menos fantástica. Tal y como explicó Sebastián Celestino Pérez al autor de este artículo, la única intención del equipo del CSIC pasaba por “comprobar si en esa zona de la Marisma pudo haber asentamientos humanos y en qué épocas”. Tales estudios no significaban, en ningún caso, que se estuviera buscando la ciudad de Tartessos, y mucho menos la Atlántida, algo “que no deja ser una fantasía o una quimera en el imaginario popular”, según nos aclaró el propio Celestino Pérez, mostrando su rotundo malestar por el tratamiento sensacionalista que se había dado a la noticia. En este sentido, los detallados estudios realizados hasta la fecha en el lugar únicamente han detectado restos cerámicos de época calcolítica, pero nada que pueda datarse en tiempos de Tartessos.

Imagen satélite con las supuestas estructuras detectadas en Doñana por Kühne.

Pese al inadecuado tratamiento sensacionalista de parte de la prensa, y aunque la idea de la Atlántida no sea más que una fantasía, las fuentes de la Antigüedad evidencian un hecho incuestionable: para fenicios y griegos (y especialmente para estos últimos), pueblos que establecieron sus colonias comerciales en la Península Ibérica durante buena parte del primer milenio antes de Cristo, nuestra “piel de toro” y los territorios adyacentes se convirtieron en un enclave mítico, una especie de El Dorado de la Antigüedad, en el que, en ciertos momentos, ubicaron algunos de sus episodios mitológicos y legendarios más importantes. Aquel lejano Occidente, fin del mundo conocido en aquel entonces, donde se ponía el Sol en las lejanas aguas del Atlántico, se convirtió desde fechas tempranas en un paraje poblado de monstruos y criaturas fantásticas, pero que también albergaba fabulosos tesoros que aguardaban como recompensa a los valientes que se atrevieran a penetrar en sus dominios. Una percepción similar a la que, muchos siglos después, se formaría en la Vieja Europa respecto a los lejanos territorios de Asia descritos por Marco Polo o a los peligrosos e ignotos lugares apenas atisbados tras el descubrimiento del Nuevo Mundo.

COLONOS EN EL FIN DE LA TIERRA
En los primeros siglos del primer milenio antes de nuestra era, la Península Ibérica asistió a un suceso histórico clave, que marcaría a fuego el futuro desarrollo de la región: la llegada, en oleadas sucesivas, de colonos procedentes del Mediterráneo oriental, primero fenicios y más tarde griegos.

Las fuentes literarias clásicas –como Posidonio de Apamea y Veleyo Patérculo– quisieron remontar a las postrimerías del segundo milenio antes de Cristo, concretamente en torno al 1100 a.C., la fundación de la antigua Gadir (Cádiz) por parte de los fenicios de Tiro. Sin embargo, en la actualidad y pese a los numerosos esfuerzos en ese sentido, la arqueología sólo ha podido constatar evidencias materiales de la presencia fenicia en la península a partir del siglo VIII a.C. o, a lo sumo, un siglo antes.

Mapa de las principales rutas comerciales usadas por los fenicios. Crédito: Wikipedia.

Esta cuestión sobre la primera llegada de marinos fenicios hasta nuestras costas ha generado también otra discusión entre los estudiosos, la de una posible precolonización fenicia que habría que situar cronológicamente en torno a los siglos X y VIII a.C. Dicha precolonización habría consistido en contactos esporádicos –sin establecimiento de colonias– que habrían permitido tímidos intercambios comerciales, pero que sobre todo habrían sentado las bases de la futura llegada efectiva algunos años después.

En cualquier caso, el relato escrito por Posidonio en el siglo II a.C. –por lo tanto en una fecha muy tardía– sobre la fundación de Gadir enlaza ya con nuestra materia de interés: la presencia de lo mítico y lo fabuloso en relación con aquel Occidente que era contemplado con asombro e interés por el resto del Mediterráneo.

No en vano, Posidonio refiere que los sacerdotes del templo de Heracles-Melqart que le relataron los pormenores de la fundación de la ciudad atribuían el origen de Gadir al veredicto de un oráculo que ordenó a los fenicios de Tiro la creación de “un establecimiento en las Columnas de Heracles”.

Dejando a un lado esta problemática sobre la datación de la primera presencia fenicia en las costas peninsulares o la posible existencia de una precolonización, de lo que no hay ninguna duda es de que a partir del siglo VIII a.C. comienzan a surgir factorías o colonias comerciales fenicias en la Península Ibérica. Con el establecimiento de estos enclaves comerciales coincide también el apogeo y máximo desarrollo del primer estado peninsular, el mítico Tartessos pero, sobre todo, se produce un auténtico hito de trascendencia capital para la historia de Iberia: a partir de ese momento la península queda integrada en el mundo mediterráneo, posibilitando que griegos, cartagineses y finalmente romanos tengan conocimiento de su existencia.

Es posiblemente en este escenario en el que los griegos tienen conocimiento, a través de los navegantes fenicios que hacen escala en su camino de ida o retorno desde la península, de las riquezas –especialmente en forma de ricos metales– y fabulosos tesoros existentes en el reino de Tartessos. Comienza a crearse y afianzarse así la idea de un reino mítico presente en el Occidente desconocido y apenas explorado, una suerte de El Dorado –el primero en hacer referencia al mismo con este sentido fue el estudioso G. Charles Picard– ubicado en los confines del mundo conocido, más allá de las Columnas de Heracles.

Pectoral del tesoro tartésico de El Carambolo. Crédito: Wikipedia.

En estos momentos de la protohistoria peninsular, en torno al siglo VIII a.C., pudieron producirse también los primeros contactos esporádicos de los navegantes griegos con las costas de Iberia, teniendo así un primer conocimiento directo de Tartessos. Muestra de ello serían las menciones de poetas como Estesícoro de Himera, quien a finales del siglo VII a.C. citaba en una de sus obras al río Tartessos y sus fuentes o “raíces de plata” y componía su Gerioneida, ubicando al monstruoso Gerión en la isla de Eritía (Cádiz). También de aquellos años brumosos de la historia dataría el texto de Anacreonte de Teos, autor de una de las primeras menciones al rey tartesio Argantonio. Poco después veían la luz otros textos, en este caso del célebre Heródoto, quien en sus Historias menciona la llegada y primeros contactos con Tartessos por parte de arriesgados navegantes coceos, donde se menciona el trato cordial que Argantonio les habría dispensado y, sobre todo, la increíble historia de Coleo de Samos. Según el historiador griego, este audaz marinero jonio habría partido con su embarcación rumbo a Egipto, pero la inesperada aparición de unos vientos del Este le habrían desviado de su ruta, haciéndole traspasar las Columnas de Heracles y llegando así a las costas de Tartessos. Una vez en aquellas tierras lejanas pudo iniciar un beneficioso intercambio comercial que le proporcionó una riqueza notable. Como testimonio de la misma, a su regreso a casa Coleo ofreció al templo de Hera un rico presente en agradecimiento: un gigantesco caldero de bronce decorado con animales fantásticos y apoyado en tres gigantes de más de dos metros de altura.

Resulta difícil determinar hasta qué punto el relato del viaje de Coleo –una aventura que el historiador Maluquer de Motes se atrevió a datar en torno al 630 a.C.– se ajusta a un episodio histórico o consiste simplemente en un relato novelado. En cualquier caso, tanto éste como el episodio de los foceos, ambos relatados por Heródoto, sirven para determinar varias cosas: primero, la existencia de un intercambio comercial entre Tartessos y los griegos –confirmado por el hallazgo de piezas tartesias en Samos, lugar de origen del marino Coleo– y, de forma especial, la percepción entre los helenos de que Tartessos –y por extensión los territorios aledaños– era un paraje repleto de riquezas, gobernado por un monarca –Argantonio– de una longevidad envidiable, otro elemento de aires claramente míticos. En el otro lado de la balanza, aunque siempre dentro de los mismos parámetros mitológicos y fabulosos, Tartessos era también lugar de cobijo para criaturas monstruosas y terribles como el rey Gerión.

Con el paso de los siglos, esta imagen de paraíso mítico y peligroso, lejos de desaparecer junto al declive de Tartessos, continuó gozando de buena salud incluso a pesar de que los límites geográficos de Iberia –incluso al interior– fueron conociéndose cada vez mejor, y especialmente tras la dominación romana. Pese a todo ello, desde los siglos IV y III a.C., mitógrafos y escritores comenzaron a ubicar allí los más célebres episodios legendarios protagonizados por héroes griegos.

EL LUGAR DE IBERA EN EL OCCIDENTE MÍTICO
Esta identificación de los territorios peninsulares con un reino mítico y fabuloso no era casual. Por un lado, la imagen a modo de El Dorado repleto de riquezas y tesoros tenía un sustento parcialmente real y contrastable, originado como consecuencia del intenso intercambio comercial, especialmente de metales. Por el contrario, la percepción de la península –y en especial de Tartessos– como territorio casi sobrenatural, en el que eran posibles todo tipo de prodigios, estuvo mucho más relacionado con las tradiciones mitológicas y religiosas que los griegos habían creado para dar forma al lejano y desconocido Occidente, límite del mundo.

En la época en la que se producen las primeras “colonizaciones”, los pueblos de Oriente estaban mucho más avanzados. A diferencia de otros lugares más o menos lejanos, como Egipto o la India, los griegos no encontraron en la península una gran civilización a la que temer o admirar, lo que la larga terminó por otorgar unos límites difusos a aquellas tierras habitadas por bárbaros sin civilizar. Además, aquellas tierras se encontraban en los confines del mundo conocido, más allá de las Columnas de Heracles, último hito del mar conocido. Aquel límite imaginario constituía una puerta de acceso a lo desconocido, donde prácticamente cualquier cosa era posible. Fue precisamente allí donde, desde época arcaica, poetas como Homero o Hesíodo ubicaron muchas de las tradiciones míticas helenas.

Caronte cruzando la laguna Estigia. Grabado de Gustave Doré.

No en vano, era en aquella región donde se producía el ocaso solar, relacionado por tanto con la llegada de la noche y la oscuridad, así como con la entrada en el mundo de los muertos: el Hades y los terribles abismos del Tártaro. Un mundo, en definitiva, plagado de monstruos y peligros.

En aquellos lejanos confines se hallaba también, para los antiguos griegos, parte del Océano, el río circular que rodeaba la Tierra y en torno a cuyas aguas eran posibles multitud de prodigios: cerca de allí se habían criado dioses como Hera o Hefesto, y cruzando su orilla podían alcanzarse, tras grandes dificultades, lugares paradisíacos como los Campos Elíseos.

En aquel marco geográfico mítico situaron también los poetas una serie de islas no menos maravillosas. Entre ellas, mencionadas por Hesíodo, estaban las Islas de los Bienaventurados, donde residían un buen número de héroes por voluntad de Zeus, rodeados de riquezas y felicidad. Casi todos los autores que hacen referencia a ellas las ubican en el Atlántico, más allá de las columnas heracleas, al igual que la Isla Sarpedonia, donde se creía habitaban las Gorgonas.

Océano, a la derecha, con cola escamada, en la Gigantomaquia del Altar de Pérgamo. Crédito: Wikipedia.

Todos estos enclaves se ubicarán en un principio dentro de este extremo occidente de límites y contornos difusos, aunque poco a poco, con el paso del tiempo, los límites irán señalando cada vez más un marco geográfico próximo a la Península Ibérica.

LA LLEGADA DE LOS HÉROES
Esta identificación, ya desde el periodo arcaico, del Occidente lejano y desconocido con los citados elementos míticos propició que, con el tiempo, se escogiera el reino de Tartessos –ubicado en ese lejano fin del mundo– como escenario de algunos de los mitos más célebres del mundo griego. Los más famosos de todos ellos, sin duda alguna, fueron los relativos al ciclo heracleo, y dos de las doce pruebas de Heracles terminaron por ubicarse en la Península.

Ya en el siglo VIII a.C., Hesíodo, en su Teogonía, ofrecía una geneaología del rey Gerión, hijo de Crisaor y nieto de la Gorgona Medusa, “a quien mató el fornido Heracles por sus bueyes de mancha basculante en Eriteia”. Aunque el poeta menciona a Gerión en relación a la isla de Eriteia, en ningún momento se hace referencia a Tartessos. Será Estesícoro de Himera, en el siglo VI a.C., quien mencione la isla de Eriteia al situarla frente a los “manantiales inagotables de raíces de plata del río Tartessos”, al relatar los pormenores del robo de los bueyes de Gerión a manos de Heracles.

También Heródoto, en uno de sus textos, ubicó el episodio de Gerión y Heracles en las proximidades de Tartessos, al señalar que el rey de aspecto monstruoso “tenía su morada en una isla que los griegos denominan Eriteia, que se encuentra cerca de Gadeira, ciudad ésta situada más allá de las Columnas de Heracles, a orillas del Océano”. Las menciones más completas del mito, en las que ya no hay duda sobre la localización del mismo en territorio de Tartessos, datan ya de época tardía, y proceden de autores como Apolodoro de Atenas (siglo II a.C.) o Diodoro Sículo (siglo I a.C.) En el relato de Apolodoro, Heracles alcanza el territorio de Tartessos tras cruzar las aguas del Océano a bordo de una vasija de oro prestada por el dios Helios. Tras matar al pastor Euritión y al perro bicéfalo Orto, el héroe logra robar los bueyes de Gerión –tal era la décima prueba encomendada por Euristeo– e inicia el regreso con el ganado. Sin embargo, Gerión advierte lo sucedido y sale al encuentro de Heracles, siendo abatido por un flechazo de éste. En esta versión del mito de Gerión aparece descrito aún como un ser monstruoso con tres troncos y cabezas y seis brazos, lo que le convertía en un enemigo casi imbatible, capaz de portar seis armas en la batalla.

La versión de Diodoro, algo posterior, presenta sin embargo una tendencia a la racionalización, pues Gerión ha dejado de ser un rey monstruoso de tres cuerpos, y en su lugar aparece Crisaor, cuyos tres hijos pelean acompañados por un nutrido y feroz ejército. Esta introducción de elementos “racionales” evidencia el progresivo conocimiento de la geografía hispana en tiempos de Diodoro, cada vez mayor con la llegada de los ejércitos romanos.

Heracles y el Jardín de las Hespérides. Crédito: Wikipedia.

Otro de los trabajos de Heracles que terminó ubicándose en los confines del lejano Occidente fue el de las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides. Al igual que en el caso anterior, fue el poeta Hesíodo el primero en ubicarlo en los confines occidentales, señalando que “al otro lado del ilustre Océano cuidan las bellas manzanas de oro y los árboles que producen el fruto”. De todos modos, en este caso la ubicación del mito resultó mucho más vaga, quedando reducida a ese nebuloso fin del mundo ubicado en Occidente.

De forma paralela a estos dos mitos, otros detalles vinieron a reforzar la creencia en una visita del héroe a los territorios peninsulares. Por un lado, las célebres Columnas que llevaban su nombre, citadas por primera vez en Hecateo como mera referencia geográfica, pero que poco a poco fueron convirtiéndose en testimonio del paso del héroe por aquellas tierras y, lo que es más importante, se asentaron como marca de señalización de los confines del mundo conocido, punto a partir del cual comenzaban territorios peligrosos, poblados de seres fantásticos y zonas de difícil acceso para los simples humanos. A partir de aquellos hitos, todo era posible en el imaginario grecorromano.

Por otra parte, es probable que la existencia del templo de Melqart-Heracles en Gadir –realmente célebre en aquellos tiempos– ayudara a situar en los territorios peninsulares las aventuras del héroe. No en vano, algunos autores llegaron a situar en el recinto sagrado nada más y nada menos que los restos mortales del héroe, como es el caso de Mela o Justino.

Junto a las hazañas y andanzas del poderoso Heracles, otro grupo de héroes aparece localizado, en este caso en época bastante tardía, en los confines de Occidente. Se trata de los nóstoi, los valerosos y audaces héroes que, tras la Guerra de Troya, emprendieron un largo viaje de regreso a sus hogares.

Entre ellos destacaba por encima de todos el célebre Odiseo (Ulises), a quien autores como Estrabón o Asclepíades de Myrleia se encargaron de ubicar en tierras de Hispania. Este último autor, que visitó la península en el siglo I a.C., presentaba como “pruebas” de la presencia del héroe homérico la existencia “de una ciudad llamada Odysseia –supuestamente localizada en Sierra Nevada–, un templo de Atenea, y mil otros indicios”, tal y como señaló Antonio García Bellido en su Hispania Greca (1948). La mención de Asclepíades a la citada ciudad de Odysseia da una de las claves características de los relatos sobre los nóstoi en tierras hispanas: la presencia de estos héroes en nuestro país quedaba siempre evidenciada por la fundación de nuevas urbes con su nombre, o en su defecto por santuarios erigidos en lugares destacados.

Odiseo, atado al mástil de su nave para evitar a las sirenas. Crédito: Wikipedia.

Algo similar sucedió por ejemplo con Anfíloco, a quien algunos autores quisieron encontrar en el noroeste de la península, en la tierra de los kallakoi o gallaeci (gallegos). Allí le habría sorprendido la muerte, y en su recuerdo una de las tribus locales habría tomado su nombre, siendo conocidos desde entonces como amphilochoi.

La localización de estos personajes –a los que habría que sumar otros como Menéalo, Menesteo, Ocelas o Diomedes– en suelo hispano se produjo en todos los casos en fechas tardías –las referencias de Homero a los mismos son siempre vagas, relacionadas con el extremo Occidente, pero sin mencionar nunca Iberia o Tartessos– y surgen curiosamente en un momento en el que Hispania comenzaba a ser bien conocida, incluso en los territorios del interior, gracias al avance de la romanización.

Esta pervivencia de la visión mítica de Hispania, pese al notable conocimiento geográfico del territorio no se redujo únicamente a los nóstoi, sino que se extendía también a otros relatos mitológicos, como el ya citado de Heracles y Gerión, o el de Gárgoris y Habis –dos reyes míticos y civilizadores de Tartessos–, que mantendrían su ubicación peninsular en los escritos de Estrabón, Diodoro Sículo e incluso Virgilio. Por tanto, el modelo mítico que se había forjado en los lejanos tiempos arcaicos pervivió, pese al conocimiento directo de la realidad peninsular, a lo largo de la presencia romana y hasta el fin de la Antigüedad.

Hoy, más de 2.500 años después de la colonización de fenicios y griegos, aquella fascinación sigue intacta. Evidentemente, no en lo que se refiere a lo geográfico, pero sí en lo que respecta a la lejanía temporal y a los interrogantes aún por contestar en torno a una cultura, la de Tartessos, que avivó la imaginación de las civilizaciones mediterráneas más importantes de la Antigüedad.

ANEXO
¿TARTESSOS EN LA BIBLIA?
Durante décadas, no pocos historiadores y exegetas creyeron haber identificado referencias al reino de Tartessos en las páginas de la Biblia, al que se aludiría bajo el término de Tarsis o Tarshis. Las menciones en el libro sagrado a dicho lugar abarcan un marco cronológico que comprende desde el siglo X a.C. hasta el siglo IV a.C., y se incluyen en pasajes como el Libro Primero de los Reyes o el Libro Segundo de Crónicas, datados en torno al siglo VI a.C., aunque haciendo referencia a sucesos supuestamente ocurridos cuatrocientos años atrás.

Las citas a dicho lugar incluyen menciones a “las naves de Tarsis”, grandes embarcaciones fenicias encargadas de traer las enormes riquezas existentes en el fabuloso reino, y que proveyeron de bienes, según la Biblia, hasta al mismísimo rey Salomón.

Aunque estudiosos como Schulten se esforzaron por demostrar la inequívoca identificación entre Tarsis y Tartessos, la polémica quedó prácticamente resuelta cuando el experto en textos bíblicos Ulf Tackholm señaló durante un congreso científico que la ubicación exacta del reino citado en las Escrituras debía hallarse en algún lugar de las costas del Mar Rojo, y no en la Península Ibérica. Desde entonces, la gran mayoría de los investigadores coinciden en desechar la identificación Tarsis-Tartessos, señalando como posibles enclaves para el lugar bíblico puntos geográficos como Tarso, norte de África, sur de Arabia e incluso la India.

TEXTOS CLÁSICOS SOBRE IBERIA/HISPANIA

-Heracles y los bueyes de Gerión – Apolodoro, Biblioteca, II, 5, 10
“Como décimo trabajo le encargó traer de Eritía las vacas de Gerió. Eritía, ahora llamada Gadir, era una isla situada cerca del Océano; la habitaba Gerió, hijo de Crisaor y de la oceánide Calírroe; tenía el cuerpo de tres hombres, fundidos en el vientre, y se escindía en tres desde las caderas y los muslos. Poseía unas vacas rojas, cuyo vaquero era Euritión, y su guardián Orto, el perro de dos cabezas nacido de Tifón y Equidna. Yendo, pues, en busca de las vacas de Gerión a través de Europa, después de matar muchos animales salvajes, entró en Libia y, una vez en Tartessos, erigió como testimonio de su viaje dos columnas enfrentadas en los límites de Europa y Libia. Abrasado por Helios en el trayecto tendió el arco contra el dios, y éste, admirado de su audacia, le proporcionó una vasija de oro en la que cruzó el Océano. Ya en Eritía, pasó la noche en el monte Abas; el perro, al darse cuenta, lo ataco, pero él lo golpeó con la maza y mató al vaquero Euritión, que había acudido en ayuda del perro. Menetes, que apacentaba allí las vacas de Hades, comunicó lo sucedido a Gerión, quien alcanzó a Heracles cerca del río Antemunte cuando se llevaba las vacas y, trabado combate, murió de un flechazo. Heracles embarcó el ganado en la copa, y habiendo navegado hasta Tartesos, se la devolvió a Helios” – Traducción M. Rodríguez de Sepúlveda. Biblioteca Clásica Gredos.

Heracles enfrentándose a Gerión. Cerámica griega. Crédito: Wikipedia.

Sobre las riquezas – Pseudo Aristóteles, Relatos maravillosos, 87
“Cuentan que en Iberia, habiendo sido incendiadas las selvas por unos pastores y habiéndose caldeado la tierra con la leña, a los ojos de todo el mundo, se vio fluir plata del suelo. Tiempo después, con motivo de haber sobrevenido unos terremotos y haberse agrietado aquellos lugares, se reunió una gran cantidad de plata, que proporcionó a los masaliotas ganancias nada vulgares.”

Sobre un hombre marino en Cádiz – Plinio el Viejo, Historia Natural, IX, 10
“Puedo nombrar a testigos, que ocupan rangos distinguidos en el orden ecuestre, que dicen haber visto ellos mismos en el Oceanus Gaditanus un hombre marino cuyo cuerpo tenía en todo una absoluta similitud con el nuestro, que de noche subía a los navíos, y que por la parte donde se sentaba, el barco se inclinaba al punto, llegando incluso hasta sumergirse si permanecía mucho tiempo.” – Traducción A. García Bellido, Hispania según la Geografía de Pomponio Mela y Plinio el Viejo.

Un niño reacio a nacer – Plinio el Viejo, Historia Natural, VII, 35
“Se cuenta el caso de un niño de Saguntum que volvió a entrar al punto en el claustro materno el año que fue destruida por Aníbal”.

Aves gigantescas en Hispania – Eliano, Historia de los animales, XVII, 14
“Yo no creo a Eudoxo, pero si otros le creen, créanle cuando dice que, más allá de las Columnas de Heracles, vio unas aves más grandes que bueyes. Ya he dicho que no me convencen sus declaraciones, pero yo no silencio lo que he oído.” Traducción: J. M. Díaz-Regañón, Biblioteca Clásica Gredos.

BIBLIOGRAFÍA:

-GRACIA ALONSO, Francisco (Coordinador). De Iberia a Hispania. Ed. Ariel, 2008.
-SANTACANA, Joan. Entre la Atlántida e Hispania. Del mito a la Historia. Biblioteca Básica de Historia. Ed. Anaya, 2009.
-VV.AA. La imagen de España en la Antigüedad clásica. Ed. Gredos. Madrid, 1995.
-VV.AA. Historia de España Antigua. Tomo I. Ed. Cátedra, 1997.

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